David de la Cruz.

Al principio de la crisis sanitaria desde los sectores más conservadores hicieron la comparación de la situación con una guerra. La guerra contra el virus. La guerra contra el coronavirus. La guerra contra el covid-19. Pusieron todos los ingredientes, hasta el anuncio de Campofrío con Gila como protagonista. Gila, una vez más… No puede ser de otra forma en un anuncio de Campofrío.

El concepto no iba mal encaminado. Solo que más que una guerra, que un conflicto armado, el dibujo se parece más al de una lucha. Una lucha de clases donde se enfrentan dos posiciones: la salud o el mercado. De momento gana la segunda.

Y gana la segunda mientras reclusos norteamericanos cavan fosas comunes al este del Bronx para enterrar a los desheredados que no tienen ni nombre. Pocas imágenes más gráficas que esta para representar a un capitalismo salvaje en el que unos presos hacen zanjas por menos dinero que el salario mínimo y echan allí los muertos que no son de nadie.

Y gana la segunda en un aparcamiento al aire libre en Las Vegas, donde pintan en el asfalto unas líneas blancas que delimita el espacio de separación en el que tienen que dormir las personas sin hogar. Gana el mercado mientras decenas de miles de norteamericanos que han perdido sus empleos se quedan sin cobertura sanitaria en mitad de una pandemia. Y no disponen ni de un médico de cabecera en un país que destina a Sanidad más que cualquiera de Europa. Un país que derrocha, malgasta, especula y deja en manos privada un derecho básico, fundamental y universal.

Y gana el mercado mientras algunos Estados alargan su clausura por el bien de la economía, mientras que Trump se atreve a hablar de éxito de gestión si no se superan las 200.000 muertes. Que la población latina y afrodescendientes sea la más castigada allí no es casual. El virus es más letal en los pobres. Los ricos no viven ya en la urbe. Han huido. Descansan en Los Hamptons, urbanizaciones de lujos donde el alquiler ronda los 300.000 euros mensuales en un confinamiento que se parece más a unas vacaciones anticipadas.

USA ilustra el ejemplo más claro de un sistema que agoniza, que se encontraba en crisis profunda antes del virus, que no se recuperó de la depresión del 2008, pero que araña, que sigue, que avanza, que da sus últimos coletazos a base de un crecimiento insostenible, a base de muerte, de cambio climático, de endeudamiento y pobreza para una mayoría social. Un sistema que es incapaz de garantizar la vida.

Porque Estados Unidos posiblemente representa con más claridad esta realidad. Sin embargo, en Europa ocurre lo mismo. El norte pide al Sur que dejen de ocuparse de las personas mayores. Que dejemos de ocuparnos de nuestros padres, madres, abuelos y abuelas en una deshumanización que considera a nuestros seres queridos una carga en lugar del regalo que significa compartir el tiempo con ellos.

Una Europa sin una mínima política y cultura comunitaria, en la que el norte descalifica y obvia al sur, señalando como única salida un nuevo endeudamiento que derive en más recortes para los servicios públicos (los únicos que se han demostrado eficaces en este contexto). Una Europa donde no existe el mínimo atisbo de solidaridad entre sus miembros, que ha perdido su razón, su significado y se muestra incapaz de otorgar una solución digna y conjunta.

Todo esto en una visión del mundo en la que incluso este texto que escribo peca de excluyente y occidental. Vuelven a caer en el olvido Latinoamérica o África, regiones que se enfrentan al coronavirus, el hambre y la guerra. Lugares como Guayaquil donde la muerte asoma en las aceras de las calles. Lugares que no tienen espacio en nuestro imaginario porque son de segunda. Quizás de tercera.

Aquí, entretanto, los currantes ponen en hora sus despertadores. Toca madrugar. Ganan las presiones de la patronal. Frente a una población que asume con responsabilidad el confinamiento, la actividad industrial se reanuda en determinados sectores que son prescindibles. De qué sirve no abrazarnos si volvemos a la obra.

Porque al final se trata de eso. De los abrazos. Como el libro de Galeano. Echamos de menos tocarnos. El contacto y el cariño de aquellos con los que compartíamos antes del Estado de Alarma. Era falso lo que intentaron inculcarnos. Esta epidemia lo ha demostrado. No somos seres individuales, no somos números, ni cifras, ni tampoco mercado. Somos comunidad y cuidados. Lo demuestran los balcones, cada tarde a las ocho, al que seguimos asomándonos un mes después para aplaudir y reconocernos. Para demostrar que, ante todo, y pese a lo que nos dijeron, anteponemos a cualquier cosa el sentimiento de pertenencia y comunidad.

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